“Con 55 años y más de tres décadas en esta profesión, cada jornada de buceo te supone hacer un sobreesfuerzo”

“Con 55 años y más de tres décadas en esta profesión, cada jornada de buceo te supone hacer un sobreesfuerzo”
El buceo profesional nunca ha sido un oficio amable con el cuerpo. Tampoco lo es ahora. Es un trabajo que exige fuerza, resistencia, capacidad de reacción y una tolerancia constante al estrés físico y mental. Hace treinta años, además, estas exigencias se afrontaban con muchos menos medios técnicos que los actuales y con una autonomía bajo el agua que hoy resulta difícil de imaginar.
Aquella forma de trabajar, más artesanal y menos dirigida, dejó huella en toda una generación de buzos que acumularon miles de horas de inmersión en condiciones poco amigables.
Ese desgaste, silencioso pero progresivo, es hoy uno de los ejes de un debate que el sector arrastra desde hace décadas. La necesidad de una jubilación anticipada justa, con coeficientes reductores acordes a la peligrosidad y al deterioro físico asociado al sector.
Un debate que ha vuelto por enésima vez a la palestra tras el fallecimiento de un buzo profesional de 63 años durante una operación subacuática en un embalse de Jaén.
Para abordar estas cuestiones, SubaQuatica Magazine ha hablado con José Manuel Gómez Pando (Amberes, 1971), un buzo profesional cántabro con más de 35 años en el oficio. Formado en su juventud en el Centro de Buceo de la Armada (CBA) de Cartagena y con una larga trayectoria en trabajos subacuáticos de todo tipo en “mil empresas”, como relata con la naturalidad y elocuencia que han marcado toda la conversación, ha vivido la transición entre el buceo de antes y el actual, y observa con preocupación cómo la edad, el desgaste y la precarización del oficio siguen sin tener una respuesta estructural clara.

Usted es de esos buzos que ha vivido dos épocas muy distintas del buceo profesional. ¿Cómo era trabajar hace 30 años?
Era otro mundo. Técnicamente teníamos menos medios y eso implicaba mucha más responsabilidad directa del buzo. El uso del vídeo y de las comunicaciones con superficie no estaba tan extendido.
Te daban el trabajo y bajabas. Una vez abajo, entraban en juego tu experiencia, tus tablas o tu ordenador, y tu capacidad para resolver problemas. Hoy todo está mucho más dirigido desde arriba, lo cual es positivo para la seguridad, pero antes la autonomía era total.
¿Todo eso hacía que el trabajo fuese más duro?
Sin duda. Se trabajaba mucho en condiciones muy malas. Aguas turbias, cero visibilidad, corrientes, frío o mala mar. Además, por lo general no se ajustaban tanto los turnos ni las horas de fondo. Y además sabías que si pasaba algo, la respuesta no iba a ser inmediata. Tenías que estar muy centrado, muy preparado. Aquello te curte, pero también te pasa factura con los años.
“El buceo de antes era distinto. Es verdad que te curtía bastante y te hacía ser mejor, pero con el paso de los años notas que empieza a pasarte factura”
Entonces ¿había menos seguridad?
Era distinta. No diría que fuese menor, pero la responsabilidad recaía mucho más sobre el buzo. La planificación, la descompresión o las decisiones bajo el agua dependían de ti en un primer momento.
Hoy hay más medios, más protocolos y más control desde superficie, afortunadamente, pero el trabajo sigue siendo exigente y el riesgo sigue ahí.
El reciente fallecimiento de un buzo de 63 años en Jaén ha vuelto a poner el foco en la edad. ¿Qué piensa cuando ocurre un accidente así?
Que no debería estar pasando. Lo digo con todo el respeto, porque conocía a Bermejo y fue compañero. Sencillamente hay que ser realistas.
No es lo mismo un buzo con 30 años que uno con 60. No solo por la fuerza, sino por los reflejos, por la capacidad de reacción, por cómo responde el cuerpo ante una emergencia después de tanto desgaste acumulado. Son cuestiones que ocurren en muchas profesiones, pero que en esta se ven multiplicadas por diez.

Al parecer, la causa pudo ser un problema de salud repentino
Exacto, y eso es lo más preocupante. Aunque hubiese sido igualmente lamentable, no fue un accidente externo. Fue algo que puede pasarle a cualquiera con esa edad. Un problema cardíaco bajo el agua no te da margen. Aunque seas muy buen profesional y cuentes con todos los medios, si el cuerpo falla, las posibilidades son pocas.
“Me da bastante respeto pensar en ponerme un casco con más de sesenta años. A esa edad ya deberíamos estar más que jubilados”
¿Usted se ve bajando con esa edad?
Sinceramente, en mi cabeza no. Distinta será mi realidad cuando llegue el momento. Me da respeto pensar en ponerme el traje con sesenta y pico años para bajar a una presa o a una obra hidráulica con presión.
Esa gente debería estar arriba, asesorando o transmitiendo experiencia. O, mejor, directamente jubilada. Y no arriesgando en cada inmersión porque los números de la pensión no te cuadran.
¿Hay una edad concreta en la que se empieza a notar el desgaste?
Yo diría que a partir de los 55 años hay un descenso claro de facultades. Lo sé porque lo estoy viviendo. No es que un día te levantes mal y ya no sirvas, pero notas que no respondes igual.
Los reflejos son más lentos, la vista ya no es la misma, el oído tampoco, y la recuperación tras el esfuerzo cuesta mucho más. Con 55 años y más de 35 en el oficio ya lo que estás haciendo realmente son sobreesfuerzos diarios.

¿Cómo se encuentra usted ahora?
Me encuentro bien, pero soy consciente de mis límites. Soy una persona con buenos hábitos y buena condición física. Pero ya noto achaques. Y soy consciente de que la curva a partir de ahora se acentúa mucho más.
Además tengo diabetes tipo 2, y eso hace que el esfuerzo me pase más factura. Puedes cuidarte, entrenar y pasar tus revisiones médicas, pero hay cosas que no dependen de ti.
¿Qué tipo de secuelas deja el buceo a largo plazo?
Muchas. Desgaste y dolores permanentes en articulaciones, espalda, rodillas o manos. Por no hablar de los golpes, las posturas forzadas o las limitaciones para cargar peso.
Mi hermano, por ejemplo, que también es buzo ya jubilado, necesita intervenciones por todo lo acumulado como profesional (se refiere a Francisco Javier Gómez Pando, buzo comercial español con más de 40 años de experiencia en el sector, que se quedó atrapado en Perú en plena pandemia de Covid-19).
Yo acabaré pasando por ahí. Con 55 años ya te levantas con dolores, y encima tienes que mantener el ritmo de chavales de 25 o 30. Eso te obliga a forzar más de la cuenta.

Cuando se habla de desgaste, casi siempre se piensa en lo físico. ¿Y lo psicológico?
Eso también pesa, y mucho. Pasas mucho tiempo fuera de casa, en obras que están lejos. Aunque tienes compañeros, al final pasas mucho tiempo solo. Te pierdes cumpleaños, fiestas y momentos importantes con la familia. Esto también te va desgastando a nivel mental. Llega un punto en el que trabajas para sobrevivir, no para vivir.
¿Ese cansancio mental influye en la seguridad?
Claro que influye. Cuando estás cansado, quemado o preocupado, no rindes igual. Y en buceo profesional no puedes permitirte despistes. La cabeza tiene que estar al cien por cien.
“La peligrosidad de nuestro oficio no se ve reflejada en las condiciones laborales ni económicas. El coeficiente reductor es vital para nosotros. No es justo llegar a la jubilación totalmente reventado”
¿Por qué cuesta tanto que se reconozca la peligrosidad del buceo profesional?
Pues no lo entiendo. La peligrosidad propiamente dicha sí se conoce, pero no se extrapola a nuestras condiciones sociolaborales ni económicas. Es una de las profesiones más duras y peligrosas que hay, y sin embargo está infravalorada. No se reconocen las secuelas físicas ni el riesgo real que asumimos durante décadas.
Hablemos de los coeficientes reductores
Es vergonzoso. Tengo que ser claro sobre esto. Hay trabajos marítimos con mejores coeficientes que el buceo profesional. No tiene sentido. Y no me refiero precisamente a que los otros tengan que bajar. Todo lo contrario.
El coeficiente reductor es clave, porque permite que no tengas que llegar reventado a los 65 años. La etapa de la jubilación de una persona tendría que ser, cuando menos, digna. Es una reivindicación histórica del sector.

Además, la cotización no siempre es continua
Exacto. Esto es otro caballo de batalla del gremio y que tiene mucha relación con todo esto que estamos hablando. Muy pocos buzos son fijos. Vamos de obra en obra, con periodos sin trabajo.
Para cotizar 30 años reales, muchos tenemos que trabajar 40. Eso no se tiene en cuenta cuando se habla de jubilación.
¿Ha cambiado la percepción del buzo profesional en las obras?
Muchísimo. Antes el buzo era una figura respetada. Hoy te discute cualquiera y, con todo el respeto, muchas veces cobras menos que un peón de la construcción. Además, te cargan con tareas que no son de buzo. No es difícil ver a compañeros haciendo faenas de marinero o patrón.
¿Eso afecta a la seguridad?
Sin duda. He visto situaciones muy peligrosas por falta de atención en superficie. Buzos en stand-by mirando el móvil mientras el compañero estaba abajo, por ejemplo. Si no hay una cultura de seguridad real, pasa lo que está pasando en algunos casos.
¿Qué soluciones ve posibles?
Más control, más seriedad y más reconocimiento del desgaste real del buceo. Y que se proteja al buzo cuando se lesiona o necesita una baja. Muchas veces hay presión para volver antes de tiempo, y eso es jugar con la vida. Todas esas cosas pasan factura más tarde.
¿Cómo crees que se debe luchar por unas condiciones más justas?
Con más unión y más visibilidad. En un gremio tan pequeño, aunque tan importante, no se pueden hacer las guerras en tantos frentes. El objetivo es el mismo para todos. Da igual quién pueda terminar por conseguirlo.
¿Un consejo para los que empiezan?
Que se formen bien, que aprendan idiomas y que miren fuera. La industria offshore a nivel internacional ofrece mejores condiciones y mucho más respeto por la profesión. Fuera, la figura del buzo está mucho más valorada en todos los sentidos. En España, por desgracia, vamos hacia atrás.
