Supervisores: entre los estándares y la realidad operacional

La supervisión del buceo en superficie
Los accidentes graves y fatales ocurridos en el último lustro, tanto en la salmonicultura sur-austral de Chile, como en faenas comerciales de Europa, recuerdan poner en el centro de la discusión a una figura clave en las operaciones subacuáticas: el supervisor de buceo, en sus distintas escalas o niveles, desde la supervisión directa en terreno hasta la responsabilidad legal que recae sobre la empresa contratista o mandante principal. Es un actor que, incluso en los análisis, muchas veces pasa a segundo plano en la injerencia del accidente per se, más que la mera responsabilidad civil.
Cuando cualquiera de esas capas de supervisión falla, especialmente si la presión de cumplir contratos comerciales está por delante de los criterios técnicos o de seguridad y salud ocupacional del buzo y, además, no existe una autoridad in-situ capaz de suspender la faena, el sistema completo se fractura. El resultado de dicha fractura se escribe con nombre, apellido y familias afectadas.
En estos casos, la raíz del problema no se limita únicamente al desempeño del supervisor, sino a cómo las empresas mandantes gestionan el riesgo que subcontratan. Cuando la compañía requiere el servicio de buceo, en ocasiones, delega completamente la seguridad del buzo en el proveedor, sin integrar la operación a su propio sistema de gestión de riesgos, ni verificar competentemente, las capacidades, equipos, procedimientos e incluso salud del buzo. De esta forma, la supervisión queda aislada y sin respaldo, siendo el buzo el eslabón débil de la cadena.
Esta desconexión es especialmente delicada en sectores con procesos críticos, por ejemplo, en la salmonicultura o en puertos, o faenas específicas de mantenimiento de muelles, diques, plataformas o casco de naves, en general, en todas dichas obras civiles y operaciones marítimo-portuarias donde la presión por la continuidad operacional o cumplimiento de metas de producción se impone sobre los tiempos que exige un buceo seguro.

¿Dónde están las normativas y la fiscalización?
En paralelo, la debilidad de la fiscalización en gran parte de Latinoamérica, incluso con países que carecen de regulaciones específicas, certificaciones obligatorias y supervisión gubernamental calificada, crea un escenario donde los estándares internacionales conviven con realidades operacionales precarias.
En ese mosaico de normas incompletas, cadenas de subcontratación poco transparentes y ausencia de criterios homogéneos de control, es frecuente que el supervisor quede expuesto, sin respaldo documental y/o autoridad real sobre el equipo de buceo, ni menos con la autoridad de detener la faena y, por ende, dejando de velar por la integridad del buzo.
La seguridad del buzo nunca depende de un solo actor, sino de un sistema donde cada rol, incluyendo a la empresa mandante, tiene responsabilidad directa en que la operación sea realmente segura
Por eso, antes de evaluar la actuación del supervisor tras un accidente, es indispensable, antes de que ocurra uno, se observe el ecosistema completo: quién contrata y subcontrata, cómo se controlan los riesgos, qué competencias se exigen, qué fiscalización existe y qué incentivos operan en la toma de decisiones. Porque la seguridad del buzo nunca depende de un solo actor, sino de un sistema donde cada rol, incluyendo a la empresa mandante, tiene responsabilidad directa en que la operación sea realmente segura.
Los estándares internacionales o marcos de referencia globales como ADCI e IMCA, coinciden en que la supervisión es un oficio técnico y ético. La competencia del supervisor debe demostrarse en su capacidad para evaluar riesgos, validar el equipo, coordinar comunicaciones, gestionar emergencias y detener la faena cuando las condiciones lo exigen. Esa autoridad no es simbólica, sino el cimiento sobre el cual descansa la operación entera. Sin autonomía, sin respaldo, sin información clara, la norma se convierte en mera declaración y el riesgo aumenta.
Por ejemplo, en Chile, la normativa marítima recoge buenas prácticas internacionales y establece responsabilidades claras para la supervisión. Sin embargo, la realidad operativa demuestra que el estándar normativo muchas veces convive con prácticas desalineadas. Supervisores que asumen múltiples funciones, rutas profesionales poco estructuradas, presión por continuidad operacional y decisiones que deben tomarse con información incompleta. Cuando se investigan accidentes recientes, es común encontrar sistemas bien estructurados en lo formal, pero poco efectivos, donde la supervisión aparece más como trámite que como un control crítico del riesgo.
En otros países de la región, la brecha es aún mayor. Lamentablemente, aún existen países en Latinoamérica con ausencia de regulación específica, de certificaciones obligatorias y/o de fiscalización sistemática, lo cual crea escenarios donde el rol del supervisor se diluye. En ese contexto, la experiencia personal intenta suplir lo que debería estar respaldado por estándares, registros, formación y autoridad operacional. Es aquí donde la región, en toda su diversidad, enfrenta un desafío común: elevar la supervisión desde la buena intención hacia un marco profesional verificable y transferible.
Pero también hay evidencia de lo contrario. Cuando el mandante asume que el buceo es parte integral de su sistema de gestión de riesgos, la operación se transforma. En los puertos vinculados a la minería chilena, por ejemplo, los estándares de seguridad y salud ocupacional (SSO o actualmente HSEQ) aplicados a las faenas subacuáticas demuestran que la seguridad puede funcionar al nivel que la industria necesita, sobre todo para procesos críticos con operaciones de alto riesgo, como lo es el buceo. Cuando la empresa mandante exige y respalda, la cadena completa se ordena y los riesgos disminuyen.
Mayor peso para el supervisor
Latinoamérica posee talento, experiencia y una comunidad profesional que conoce de cerca los desafíos del oficio. Sin embargo, el desarrollo de la supervisión como función especializada requiere pasos concretos: formación específica, rutas profesionales claras, recertificación periódica y coordinación real entre autoridades marítimas, laborales y de salud ocupacional.
La vida del buzo depende de esa capacidad para sostener un criterio técnico firme aun cuando la operación empuja en otra dirección. Depende de alguien que tenga la formación, el respaldo y la autoridad para decir, sin titubeos: “Hoy no se bucea”.
Las herramientas existen. Lo que falta es ponerlas en sintonía con la realidad cotidiana en la cubierta. Porque, más allá de la normativa, la seguridad del buzo se define en superficie. Allí, donde el supervisor observa el mar, escucha al equipo, revisa los tiempos, interpreta la presión del entorno y decide con la serenidad que exige este oficio.
La vida del buzo depende de esa capacidad para sostener un criterio técnico firme aun cuando la operación empuja en otra dirección. Depende de alguien que tenga la formación, el respaldo y la autoridad para decir, sin titubeos: “Hoy no se bucea”.
