Tony Núñez, pionero, puente y voz histórica del buceo comercial latinoamericano

Tony, como buzo comercial en la década de 1970Tony Núñez se ha convertido, con el paso de las décadas, en un referente indiscutible del buceo comercial en Latinoamérica. Su nombre está ligado tanto al desarrollo histórico de la industria en Venezuela, al frente de Oriente Marine Group (empresa venezolana con más de cuatro décadas de presencia en el sector) como a la apertura y consolidación del Capítulo Latinoamericano y del Caribe de la Association of Diving Contractors International (ADCI), el primero creado fuera de Estados Unidos. Su trayectoria resume, en buena medida, la evolución de un sector que pasó de la intuición y el oficio a la profesionalización y la estandarización internacional.

“Cuando yo entré en la ADCI, en 1981, los directivos eran los grandes presidentes de empresas del Golfo. Ese era el mundo en el que nos tocaba movernos”, recuerda Núñez. En aquella época, las empresas latinoamericanas no tenían un espacio propio dentro de la asociación ni un interlocutor que representara sus necesidades. Se asistía a los eventos, pero desde la periferia. “Íbamos a los shows como quien va a ver equipos. Asistíamos a las reuniones como espectadores. No éramos parte de la asociación”, señala.

A este distanciamiento se sumaba un obstáculo determinante: el idioma. “El reto de siempre ha sido dominar el inglés”, admite. Durante años, ese factor limitó la participación de compañías, supervisores y buzos de la región en un entorno técnico, normativo y empresarial gobernado desde el Golfo de México.

Inicios: la semilla de una vocación

La historia de Núñez en el mundo subacuático comenzó mucho antes de su papel institucional. En 1974 ingresó en la Universidad de Oriente (UDO), en Cumaná (Venezuela), para estudiar Biología Marina, un campo que ya lo acercaba al medio acuático. Ese mismo año fundó, junto a otros estudiantes, el Centro de Actividades Subacuáticas de la UDO (CASUB-UDO), un grupo que rápidamente se convertiría en un semillero de buzos profesionales. Allí dieron sus primeros pasos realizando trabajos reales: reflotamientos, reparaciones en muelles y colocación de emisarios submarinos. Aquellas experiencias tempranas marcaron profundamente a Núñez y lo convencieron de que el camino profesional que deseaba recorrer estaba bajo el agua.

En 1977 decidió dar un paso definitivo: viajó a Florida para certificarse como Deep Sea Diver, completando el exigente curso CDSD–Mix Gas en la histórica Divers Training Academy (DTA), fundada por veteranos UDT de la marina estadounidense. “Esas seiscientas veinticinco horas de entrenamiento estilo ‘navy seal’ se convirtieron en la formación esencial de mi vida profesional”, recuerda.

Su ingreso al buceo comercial no fue casual. Núñez ya había observado que, como estudiante, sus posibilidades laborales eran limitadas. Apostó entonces por convertir su pasión en un oficio. Con un compañero de Ingeniería fundó en 1977 Técnicas Marinas, C.A. (Tecnimar), su primer emprendimiento formal en la industria. Cuatro años más tarde la registró en ADCI, convirtiéndola, según los archivos de la asociación, en la primera empresa latinoamericana inscrita como Miembro General.

Venezuela y el buceo comercial: oficio, talento y el desafío de profesionalizarse

Con la bonanza energética venezolana de los setenta, ochenta y buena parte de los noventa, la demanda de servicios subacuáticos creció significativamente. Sin embargo, era una industria marcada por la informalidad técnica. Núñez lo explica de forma muy sencilla, cuando dice “éramos buenos buzos con buenos equipos, pero no profesionales”.

Éramos buenos buzos con buenos equipos, pero no profesionales

En aquel entonces, los buzos formados localmente solían poseer certificaciones recreativas —como las de CMAS a través de la FVAS— pero carecían de la formación y equipamiento propios del buceo comercial moderno. En el país coexistían tres regiones con actividad relevante: el Lago de Maracaibo, con tradición petrolera y operaciones de suministro de superficie dirigidas inicialmente por estadounidenses; la zona oriental, con trabajos en emisarios, dragados y más tarde proyectos petroleros; y los embalses hidroeléctricos del interior, donde operaban compañías norteamericanas hasta que el personal venezolano comenzó a asumir esas tareas.

Para Núñez, las carencias fundamentales estaban claras: la falta de entrenamiento certificado y la escasa integración técnica con estándares internacionales. Pero también existía una fortaleza decisiva: “Nuestra mayor fortaleza históricamente es la calidad de nuestros buzos.”

1981: la entrada que abrió puertas

Ese mismo año, Núñez fue invitado a impartir una charla sobre entrenamiento en buceo comercial ante la ADCI. “Preparé aquel papel con ayuda de mi hermana, que era intérprete”, rememora. Ese gesto, sencillo pero determinante, abrió la puerta a una relación que transformaría el papel de Latinoamérica dentro de la asociación.

“Cuando yo entré en la ADCI, en 1981, los directivos eran los grandes presidentes de empresas del Golfo. Ese era el mundo en el que nos tocaba movernos”, recuerda. Las empresas latinoamericanas asistían a los eventos, pero desde la periferia, sin voz ni representación. “Íbamos a los shows como quien va a ver equipos. Asistíamos a las reuniones como espectadores. No éramos parte de la asociación.”

A esa distancia institucional se añadía un factor que marcaría durante años a la región: la barrera del idioma. “El reto de siempre ha sido dominar el inglés”, admite.

El nacimiento del Capítulo Latinoamericano y del Caribe

El impulso definitivo llegó en los años noventa, cuando el sector latinoamericano acumulaba suficiente experiencia y masa crítica. Guiados por figuras clave como Ross Saxon, Barbara Threadway y Lázaro del Castillo (Colombia), se dio forma al proyecto de crear un capítulo regional.

En el año 2000, el Capítulo Latinoamericano y del Caribe quedó oficialmente constituido. “Éramos apenas ocho o diez representantes en aquel inicio”, recuerda. Pero el crecimiento fue explosivo: en apenas un par de años superaron los cincuenta miembros, convirtiéndose en el primer capítulo internacional de ADCI.

La creación del capítulo supuso un antes y un después para ambas partes. Para Latinoamérica facilitó el acceso a estándares internacionales y a certificaciones reconocidas para supervisores, instructores y empresas. También aportó mayor competitividad en contratos locales e internacionales y favoreció la integración técnica con el mercado estadounidense. Un ejemplo de ello fue la traducción, comprensión y adopción unificada del Consensus Standard. Por su parte, para ADCI supuso una expansión inmediata de su base de miembros y doto a la institución de más visibilidad global. Igualmente, se abrieron nuevos mercados para empresas estadounidenses y hubo un intercambio técnico que fortaleció a la asociación. También sirvió para la difusión internacional de sus estándares y su cultura de seguridad y fue puerta de acceso para fabricantes de equipos y contratistas del Golfo.

Latinoamérica dejó de ser una audiencia pasiva y se convirtió en un socio activo; ADCI dejó de ser un organismo norteamericano para convertirse, realmente, en una asociación internacional.

Impacto regional: certificación, equipos y reconocimiento

La entrada del capítulo supuso un salto profesional para el sector. “Antes éramos buenos buzos con buenos equipos, pero no profesionales. Con la apertura del capítulo empezamos a ser profesionales certificados”, señala Núñez.

Las compañías comenzaron a adquirir equipos homologados, a implementar protocolos y a exigir entrenamiento bajo normas ADCI. Ese proceso consolidó vínculos reales con contratistas estadounidenses y abrió puertas a nuevas oportunidades.

Sin embargo, Tony reconoce que aún queda camino por recorrer. “La meta siempre ha sido que la parte norteamericana vea a las compañías latinoamericanas como iguales.”

La necesidad de renovación

Con el paso de los años, la energía inicial del capítulo se fue diluyendo. “Muchos compañeros ya no estaban interesados. No iban a reuniones y no participaban”, lamenta Núñez. La organización llegó a un punto en el que necesitaba una renovación profunda.

La etapa que trajo el Covid fue también determinante para que la actividad fuera aún menor. “De por sí, no pudimos refrendar la reunión del Capítulo de 2019, que había supuesto, al menos, un soplo de aire fresco a los eventos comunes de las compañías. Después de eso, toda acción comunitaria se fue dando de manera individual, a través de las relaciones personales que tenemos muchos de los integrantes, pero no de forma asociativa”, concluye.

Una nueva etapa: liderazgo técnico y visión renovada

Ese renacer llegó de la mano de una nueva generación, con perfiles más técnicos que empresariales. Núñez identifica especialmente a dos figuras: Santos Melgar y Hernán Rodríguez. “Hay gente nueva, gente joven, que han traído un cambio generacional. Los perfiles de la presidencia y vicepresidencia ahora son técnicos, no necesariamente dueños de empresas. Es lo que estábamos esperando.”

Para él, este giro llevará a que las compañías latinoamericanas se esfuercen aún más por la excelencia técnica y ganen voz dentro de la directiva.

Un cierre que es, en realidad, un comienzo

Hoy, con décadas de experiencia a sus espaldas, Tony Núñez mira el futuro con optimismo. “Estamos refrescando la actividad del capítulo. Es una nueva etapa, necesaria y positiva.”

Su vida resume la evolución del buceo comercial en Venezuela y en Latinoamérica: talento, aprendizaje, visión institucional y la convicción de que los cambios duraderos se construyen tendiendo puentes. Él fue uno de los principales. Y su legado continúa guiando el rumbo de quienes hoy emprenden caminos similares bajo el agua.

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