Los buzos del ocle vuelven a los fondos del Cantábrico bajo la sombra de la seguridad

Una campaña atractiva, pero no exenta de riesgos
La campaña de extracción de Gelidium corneum, popularmente conocido como ocle, encara su tramo final en el norte de España. En Asturias comenzó el 1 de julio y permanecerá abierta hasta el 30 de septiembre, con un cupo máximo de 4.300 toneladas y 27 embarcaciones autorizadas, 18 en la zona central y nueve en la oriental.
Se trata de una actividad económicamente atractiva. RTVE cifraba al inicio de campaña el precio del ocle húmedo en torno a 0,60 euros por kilo y una captura media diaria de aproximadamente 4.000 kilos por embarcación. Los ingresos que pueden obtenerse durante unos meses continúan siendo un reclamo para buceadores procedentes de otros países.
Pero la rentabilidad convive con una realidad que SubaQuatica Magazine lleva años confirmando, con los relatos de los protagonistas. Jornadas físicamente exigentes, equipos de buceo en entredicho, tiempos de fondo prolongados y diferencias importantes en la experiencia de los profesionales.
El atractivo económico de la campaña está favoreciendo también, según explica a SubaQuatica Magazine un experimentado buzo peruano dedicado desde hace años a la recolección, la llegada de compatriotas con escasa experiencia previa.
El profesional del país andino asegura que algunos armadores recurren a trabajadores extranjeros atraídos por los ingresos que pueden obtener durante la temporada, una dinámica en la que, a su juicio, la productividad termina en ocasiones imponiéndose sobre la seguridad. “Hay gente que viene por necesidad”, explica, y advierte de que algunos trabajadores llegan sin experiencia en estas labores y con una titulación reciente con gastos a la empresa.
Existe una combinación peligrosa de buzos dispuestos a asumir riesgos para aprovechar económicamente la campaña y empresarios que no siempre establecen los controles necesarios para impedirlo. La diferencia los veteranos y los inexpertos puede ser enorme, especialmente cuando entran en juego profundidades, tiempos de fondo y obligaciones de descompresión.
La campaña de 2026 no ha dejado hasta el momento ningún fallecido. El último accidente mortal localizado por esta revista se produjo en julio de 2025, cuando un buzo que trabajaba en la recogida de ocle cerca de la isla del Carmen, en Luanco, fue recuperado inconsciente y falleció posteriormente en el Hospital Universitario San Agustín de Avilés.

Un grave accidente descompresivo
Durante la campaña, sin embargo, este medio de comunicación ha podido recabar información sobre un grave accidente que afectó a un buzo de origen peruano residente en Asturias mientras participaba en la extracción de algas en aguas de Cantabria.
Un buzo profesional con experiencia y conocimientos en medicina hiperbárica, conocedor además de la recolección de algas, tuvo posteriormente contacto profesional con el accidentado. Según el perfil que el propio buzo le habría relatado, habría permanecido cerca de nueve horas trabajando y alcanzado aproximadamente los 16 metros de profundidad.
Un profesional del mundo de la medicina hiperbárica consultado, considera fundamental conocer con exactitud profundidad, tiempo de fondo, inmersiones sucesivas, momento de aparición de los síntomas y tiempo transcurrido hasta la recompresión para evaluar correctamente el accidente. Parte de esa información, aseguran fuentes consultadas, “no estaba inicialmente disponible en los informes recibidos por el accidentado”, por lo que dificultaba su y trabajo y podía poner en riesgo al paciente.
El buzo fue sometido posteriormente a tratamiento hiperbárico. Según esta fuente, continúa presentando parestesias y otras alteraciones compatibles con secuelas neurológicas derivadas del episodio descompresivo.
Más allá de este caso concreto, el especialista apunta hacia un problema estructural: considera insuficiente el control efectivo de los perfiles de inmersión, libros de buceo, ordenadores, tiempos, profundidades y procedimientos descompresivos durante determinadas operaciones de extracción.

“Una inmersión así nunca debería haberse permitido”
El supervisor de buceo comercial y militar Arturo Villazón Granda, con más de tres décadas de experiencia, ha analizado públicamente este mismo caso desde la prudencia de no revelar la identidad del accidentado ni de la embarcación.
La información recibida por Villazón describe un perfil todavía más preciso, con 485 minutos en el agua, suministro de aire mediante hookah, una profundidad máxima de 16 metros y descompresión en el agua respirando aire. Según su información, la descompresión habría sido interrumpida deliberadamente después de aproximadamente 60 minutos cuando el procedimiento empleado aparentemente requería varias horas adicionales. Posteriormente, el buzo desarrolló una enfermedad descompresiva grave que requirió recompresión, atención hospitalaria y varios días en UCI.
“Una inmersión así nunca debería haberse permitido en primer lugar”, sostiene Villazón. Para el supervisor, una exposición próxima a ocho horas no puede considerarse una jornada ordinaria de buceo comercial. Incluso aunque existiera un procedimiento capaz de gestionar una exposición excepcional, eso no convertiría el perfil en una inmersión razonable para repetirse como rutina laboral.
El caso desplaza así la pregunta más allá de por qué un buzo sufrió enfermedad descompresiva. ¿Quién controlaba el perfil? ¿Quién supervisaba la operación? ¿Por qué se habría interrumpido la descompresión y qué presión productiva pudo conducir a asumir semejante riesgo?
La campaña del ocle continúa siendo una actividad económicamente importante y una fuente de trabajo para numerosos profesionales. Pero accidentes como este recuerdan que ninguna rentabilidad puede convertir una exposición excepcional en una jornada ordinaria bajo el agua.

El supervisor de buceo comercial y militar Arturo Villazón Granda, con más de tres décadas de experiencia, ha analizado públicamente este mismo caso desde la prudencia de no revelar la identidad del accidentado ni de la embarcación.