“Nunca es tarde para convertirse en buzo comercial. Siempre sentí que mi futuro estaba bajo el agua”
Una relación de toda la vida con el agua
Hay escenas cotidianas de familia que se quedan marcadas en la retina, en la memoria o en un rincón del corazón. Momentos que, lejos de pasar desapercibidos, pueden marcar el rumbo de toda una vida y que pueden ser decisivos en momentos clave de la trayectoria personal de cada cual.

A veces empiezan siendo apenas una intuición, una imagen de infancia o una sensación difícil de explicar. En el caso de Rocío Lencina (Campana, Argentina – 1985), esa historia comenzó a orillas del río Paraná, cuando todavía no sabía que el agua acabaría marcando el rumbo de su vida.
Aquellas primeras inmersiones improvisadas tenían un compañero especial, como fue su abuelo Víctor, a quien ella sentía como su papá. Fue él quien, sin saberlo, sembró la semilla. No era buzo profesional, sino militar del ejército de tierra, pero sí quien despertó en ella la fascinación por lo sumergido, por lo desconocido que había bajo la superficie.
Con el paso del tiempo, aquella curiosidad infantil se convirtió en necesidad. Primero llegó el buceo deportivo. Como ocurre con muchos profesionales, ese fue el primer escalón. Pero Rocío pronto entendió que aquello no era suficiente. “Me gustaba el deportivo, pero sentía que tenía que haber algo más. Quería meterme dentro de un barco, recuperar cosas, hacer trabajos reales. Necesitaba otros tipo de desafíos”, confiesa Rocío.
Siempre me gustó estar jugando a construir abajo del agua. Jugábamos y yo sentía que quería quedarme más tiempo, que me faltaba aire para seguir explorando
Ese impulso la llevó a tomar una decisión, quizás impulsiva, de cambiar todo. Así que compró un pasaje y se marchó a Panamá.
En Bocas del Toro (al oeste del país del Canal) completó su formación recreativa hasta obtener la titulación de Divemaster y comenzó a trabajar profesionalmente en ese entorno. Fueron meses intensos, de aprendizaje y contacto constante con el agua. Después regresó a Argentina y trabajó en un acuario alimentando tiburones y realizando tareas de mantenimiento.
“Me fascinaba. Pero aun así sentía que me faltaba algo. Yo veía que había otra dimensión del buceo que todavía no conocía”. Esa dimensión era el buceo comercial.

Fue entonces cuando su abuelo volvió a cruzarse en ese camino. Rocío le contó sus inquietudes y él fue quien le habló claramente de “los que trabajan bajo el agua”. Ahí empezó todo.
En Argentina, el acceso a la formación profesional tiene sus particularidades. En su caso, el tiempo corría en contra, ya que la edad límite para ingresar al curso reglado de la Prefectura Naval Argentina ya casi la dejaba fuera. Aun así encontró la vía para rendir libremente las materias y conseguir su habilitación.
Y así, el 8 de marzo de 2018, Día Internacional de la Mujer, obtuvo su título de buzo profesional por la Prefectura Naval Argentina. “Fue simbólico. No lo pensé así en ese momento, pero hoy lo veo y me parece fuerte. Fue como abrir una puerta”, explica con una sonrisa.
Pero si la escuela le dio la libreta, la verdadera formación vendría después, gracias a las empresas que le dieron la oportunidad de trabajar y aprender el oficio. “La empresa como verdadera escuela del buzo”, asienta Rocío.
Su primer gran salto profesional fue en RN Salvamento, la histórica compañía de salvamento de Luis Carlos Paz. Allí encontró algo que considera fundamental para cualquier buzo que empieza, que no es otra cosa que una empresa dispuesta a enseñar. “Carlos me dio la oportunidad de aprender mucho acerca de la industria. Fue un gran maestro y participé en operaciones de todo tipo, que me dieron la oportunidad de crecer en lo profesional y en lo personal. Ahí hice escuela de verdad”, asegura.
Con RN llegó el contacto con reflotamientos, inspecciones, sellados, trabajos en muelles y operaciones donde cada día suponía algo distinto. “Todos los días era diferente. Un día era una inspección, otro una limpieza, otro un reflotamiento. Eso te obliga a aprender rápido”.
Para Rocío, esa etapa fue decisiva. Porque el buceo comercial, insiste, no se aprende solo en el aula. “La escuela te da un panorama, pero la experiencia real la hacés en la empresa. Ahí es donde aprendés de verdad”.
Después llegaría otra etapa importante en HS Water Solutions, dirigida por Hernán Rodríguez y Sergio Añón, una compañía alineada con estándares de Association of Diving Contractors International (ADCI).

Si RN fue diversidad operativa, HSWS fue cultura de seguridad. “Yo ya sabía bucear, ya sabía usar casco, máscara… pero con ellos aprendí procedimientos y seguridad a otro nivel. Era otro planeta”. Simulacros semanales, protocolos de emergencia, equipos preparados, tiempos de respuesta, checklists y mejoras constantes. Todo dentro de una filosofía donde la seguridad no se improvisa.
Precisamente esa comparación le ha permitido entender también el otro lado, es decir, cómo no se debe trabajar. Porque Rocío también ha vivido experiencias malas en otras empresas, especialmente como freelance.
Una de ellas estuvo a punto de costarle caro. Trabajando con SCUBA, en una intervención sencilla sobre un muelle, descubrió demasiado tarde que la botella prácticamente no tenía aire.
“Respiré, largué el aire… y no había nada. Ahí solté todo y salí como pude. Cuando subís y pensás lo que pudo haber pasado, te cambia todo”. Ese episodio reforzó una idea que hoy defiende con contundencia: el SCUBA recreativo no tiene lugar como herramienta habitual en el buceo comercial. “En el deportivo te dicen que no bucees solo. En el comercial te mandan solo, sin comunicación y con cero visibilidad. No tiene sentido”.
Su postura coincide con la tendencia que cada vez gana más peso dentro de ADCI, que es evitar en todos los casos el SCUBA en trabajos comerciales. En este sentido, Rocío opina que Argentina está cambiando y que va hacia una mejora en la cultura de la seguridad. “Hay empresas que están incorporando cascos, umbilicales, mejores procedimientos. Yo veo que se está mejorando y eso es importante”.
Tras haber trabajado en proyectos de todo tipo, para ella tiene especial interés los trabajos de salvamento. No por su espectacularidad, sino por lo que exige. “El salvamento encuentras retos increíbles con rescates complejos. A veces no sabes cómo, pero tienes que resolverlo. Ahí crecés de golpe”, explica.
Reflotar, sellar vías de agua, encontrar entradas ocultas de agua o improvisar soluciones sobre la marcha obliga a pensar rápido y entender que la física manda. “En un salvamento aprendés cosas que ni sabías que existían. Es crecimiento puro”.
Un sector con tradición masculina
Pero si hay otro frente donde Rocío también ha tenido que abrirse paso es en uno históricamente dominado por hombres. En Argentina son pocas las mujeres dedicadas al buceo comercial. Ella lo sabe. Y también sabe que todavía hay resistencias. “Hay gente que te enseña y gente que no quiere enseñarte nada. Pero por suerte yo me crucé con personas que me ayudaron muchísimo”.

No plantea la cuestión desde la confrontación, sino desde la aportación. ¿Y qué cree que puede aportar la mujer al sector? “Somos metódicas, analíticas, resolutivas e más tranquilas, es decir, menos impulsivas. Creo que son virtudes que se pueden aprovechar muy bien en el sector . A veces vemos cosas que otros pasan por alto. No digo que seamos mejores. Pero muchas veces pensamos más antes de actuar. Y eso en este trabajo vale mucho”.
Esa mirada es precisamente la que quiere llevar más lejos. Su siguiente paso inmediato es obtener una certificación ADCI en Chile, en busca de ampliar horizontes y abrir puertas fuera de Argentina.
Después, su deseo es dar el salto al offshore y llegar a ser asistente de buceo en saturación. “Me gustaría hacer offshore y vivir la experiencia de saturación. Pero lo que más me gusta es la parte organizativa, la logística, preparar todo para el buzo, tener el checklist perfecto”.
No habla solo de bajar al agua. Habla de entender toda la operación y eso dice mucho tanto de su perfil, como de hacia dónde quiere crecer.
Con 40 años, Rocío sabe que empezó más tarde que muchos. Pero también sabe que eso no es un límite. “Lo agarré de grande y siento que quiero hacer muchas cosas y tengo poco tiempo. Por eso quiero aprovechar todo”.

Su abuelo Víctor, aquel hombre que encendió la chispa sin saberlo, pudo verla convertida en buzo. Y eso, para ella, sigue siendo uno de los momentos más importantes de su vida. “Le hice su bautismo de buceo. Quería mostrarle la pasión que él me había generado. Estaba orgullosísimo”, cuenta con mucha alegría en el rostro.
Y cuando se le pregunta qué consejo daría a quienes empiezan, especialmente a las mujeres que miran esta industria con curiosidad, no duda: “que estudien, que se capaciten, que salgan de su país, que conozcan otras aguas y que se cuiden. Pero sobre todo que sigan sus sueños. Siempre”.
