“Mi deseo de ser soldadora submarina me empujó a convertirme en buzo profesional”
En Chile, donde el mar no es paisaje sino forma de vida, hay historias que parecen escritas por generaciones. La de Rosita Bustamante Toro, buzo comercial de 32 años, pertenece a esa clase de relatos en los que el oficio no se elige por casualidad, sino que parece que formase parte de un destino inevitable.

Nació en Puerto Montt, en el sur de Chile, pero creció en Estaquilla, una caleta abierta al océano Pacífico. Allí el mar es casi el hábitat natural y el lugar en torno al cual gira el trabajo, la familia y el horizonte profesional.
“Toda mi familia está vinculada al mar”, cuenta. En su casa son cuatro hermanos y todos son buzos comerciales. Además, tres de ellos son ya supervisores. Su padre fue buzo artesanal durante más de cuarenta años. Su madre es dueña de embarcaciones de pesca. El mar estaba en casa mucho antes de convertirse en profesión.
Rosita recuerda una infancia en la que el contacto con el agua comenzó casi como un juego. “Desde los siete años empezamos a hacer apnea, aunque en ese entonces ni sabíamos lo que era la apnea ni lo que era ser buzo; simplemente jugábamos”, explica.
En verano recolectaban luga, un alga típica de la zona. En invierno, la actividad giraba alrededor del loco, el molusco que marca buena parte de la economía costera del sur chileno. Aquellas primeras aventuras infantiles fueron construyendo una relación íntima y permanente con el mar.

“No tengo conciencia de cuándo aprendí a nadar”, dice. Es una frase que lo resume todo. Para Rosita, el agua nunca fue un espacio ajeno. Era, sencillamente, su lugar.
Sin embargo, la entrada en el buceo comercial no fue inmediata. La profesión apareció primero a través del ejemplo de sus hermanos mayores. Su hermana Maribel fue una de las primeras mujeres en formarse y trabajar en la salmonicultura, en un tiempo en que la presencia de mujeres en ese ámbito era todavía excepcional.
“La profesión la conocí a través de mis hermanos mayores; sobre todo de mi hermana. Yo la veía trabajar y me parecía muy interesante lo que hacía”, recuerda. Más tarde también observó a su hermano Sergio en trabajos más duros y complejos, como reflotamiento de embarcaciones, soldadura submarina, trabajos en muelles. Aquello la marcó profundamente. “Yo lo veía hacer aquellos trabajos y me decía a mí misma que también quería hacer esto”.
Hubo además una imagen que terminó de fijar su vocación y fue la que aquellos sofisticados cascos de buceo comercial. El equipo pesado, las operaciones exigentes lejos del buceo artesanal con el que había crecido, eran escenas que atrajeron su atención. “Yo quería tener ese casco en la cabeza, saber qué se siente trabajando con todo el equipo”, dice. Esa fascinación por el oficio fue creciendo hasta convertirse en objetivo profesional.
“En mi casa el mar siempre estuvo presente. Mi padre fue buzo más de cuarenta años y mis cuatro hermanos terminamos dedicándonos al buceo comercial. Desde los siete años bajábamos al agua a sacar luga como si fuera un juego”.
Su camino, no obstante, no fue lineal. Su padre, precisamente por conocer bien la dureza del mar y del trabajo subacuático, no quería que sus hijos se dedicasen al buceo. Había sufrido en carne propia problemas de descompresión y sabía que aquel oficio podía pasar factura. “Él se negó con nosotras, por lo menos con las mujeres. Nos decía que era un trabajo muy duro, muy pesado, que no fuera nuestra primera opción”, recuerda Rosita. Su consejo fue que estudiaran otras cosas, que abrieran otros caminos antes de regresar al buceo.
Y así lo hicieron. Rosita se formó como tripulante de nave mayor y trabajó durante años en la marina mercante. Navegó en buques de pasajeros, en graneleros y más tarde en petroleros de más de 200 metros de eslora. No solo se formó en el mar, también estudió gastronomía internacional.

Pero ni la vida embarcada ni las otras profesiones consiguieron apartarla del mar en su dimensión más íntima. Cada vez que bajaba de un barco, aprovechaba para volver a estudiar, a certificarse o a trabajar con su hermana en centros de cultivo. “Nunca nos alejamos lo suficiente del buceo como para tomar otro rumbo”, resume.
La formación de Rosita fue paulatina y consciente. Obtuvo primero la matrícula básica, luego la intermedia y finalmente la comercial, sin prisas y con la idea de que cada paso debía sostenerse sobre experiencia real. “No quería pasar a hacer buceo comercial desde ya; tenía que tomarme mi tiempo y ser responsable también, porque la profundidad exige responsabilidad”, explica.
Toda su formación reglada la realizó en Puerto Montt, en la escuela Managuas, con el profesor Rafael Morales, a quien reconoce como figura central en su carrera. Después fueron llegando otras certificaciones, algunas financiadas por las empresas para las que trabajó y otras costeadas por ella misma, como Nitrox o especialidades vinculadas a la soldadura submarina.

El deseo de crecer
Si algo define su trayectoria es precisamente esa voluntad de crecer. No se trata solo de trabajar, sino de aprender más, llegar más lejos y hacer cosas cada vez más complejas. “No era un tema de dinero; era un tema de hacer cosas grandes, de aprender cosas con las que sentirme realizada laboralmente”, afirma.
Sus primeros años en el buceo profesional transcurrieron en la salmonicultura, un sector fundamental en el sur de Chile. Allí realizó labores de mantenimiento en centros de cultivo, como retirada de mortalidad, reparación de mallas, recuperación de elementos caídos, limpieza de boyas y estructuras, montaje y desmontaje de centros. Trabajos rutinarios, duros y muchas veces poco visibles, pero que fueron forjando su oficio desde abajo. Y también su carácter.
En esos equipos casi siempre era la única mujer. Lejos de vivirlo como un obstáculo insalvable, Rosita asumió desde el principio que tendría que demostrar más. “Como mujer dentro de un rubro de hombres, una mentalmente va preparada para dar el doble o el triple si es necesario”, explica. Ella sabía que sería observada, evaluada, puesta a prueba, así que su respuesta fue la humildad y el trabajo. “Si no sabía hacer algo, llegaba al que más sabía y le pedía que me enseñara de la manera más humilde”.
“Como mujer en un rubro de hombres sabes que te van a observar más. Yo iba preparada para trabajar el doble si era necesario. Si no sabía hacer algo, me acercaba al que más sabía y le pedía que me enseñara con humildad. Gracias a mis compañeros aprendí muchísimo”.
Esa actitud marcó también la relación con sus compañeros. Rosita habla con especial cariño de los colegas que tuvo en aquellos comienzos, hombres que le enseñaron nudos, técnicas, modos de moverse y de trabajar bajo el agua. “Mi experiencia fue buena por mis colegas, por siempre el buen trato que tuvieron hacia mí”, dice. En un oficio donde se convive durante semanas en barcos o centros aislados, el equipo acaba siendo una segunda familia. “Uno convive con ellos más que con la familia”, afirma.
El número de mujeres dedicadas al buceo crece en un país donde el mar es uno de los motores económicos y agradece compartir espacio con compañeras de profesión. “En este trabajo es importante saber que no estás sola. Cuando ves a otra mujer trabajando bajo el agua, también sientes que estás abriendo camino juntas.”
Con el paso del tiempo, nuestra protagonista dio el salto de las tareas en las salmoneras al mundo comercial en toda su dimensión. De todos los recuerdos que conserva, rememora la primera vez que trabajó con equipo pesado fuera del entorno seguro de la escuela. “Creo que es el recuerdo más bonito que tengo. Sentí que cumplí un sueño en ese momento”.

Otro momento decisivo fue perder el miedo a la oscuridad en inmersiones en aguas completamente cerradas y opacas. “Pensé en el trabajo que tenía que hacer y no en la oscuridad. Me sentí más fuerte”.
Si tuviera que señalar el motor que la llevó definitivamente al buceo comercial, Rosita tiene claro que fue el deseo de convertirse en soldadora submarina. “Creo que llegué a ser buzo comercial porque quería ser un buzo soldador”, afirma.
Hoy es soldadora submarina acreditada, una competencia ansiada por muchos profesionales en esta industria. Además no esconde su ambición: “Yo siempre decía que quería ser la mejor. Algún día quiero poder decirle a mi hijo que trabajé en esto y que era muy buena haciéndolo”, explica.
Hoy, tras haber sido madre recientemente y después de una pausa en la parte operativa, Rosita se prepara para regresar en calidad de supervisora de buceo comercial. Aprobó su formación estando embarazada, algo de lo que se siente especialmente orgullosa. “Voy a volver como madre y como supervisora. Son nuevas responsabilidades y nuevos desafíos”, dice.
“La primera vez que trabajé con casco y equipo pesado sentí que estaba cumpliendo un sueño. Fue uno de los momentos más bonitos de mi carrera. Quiero que algún día mi hijo pueda decir que su mamá fue una buena buzo soldadora. Por eso sigo preparándome cada día.”
Mira al futuro con realismo, pero también con esperanza. Cree que en Chile la seguridad ha mejorado, aunque no al ritmo que desearía, y que la adaptación es una de las grandes virtudes de un buen buzo.
Pero si tuviera que resumir en una sola palabra el mensaje que quiere dejar a las mujeres que vienen detrás, esa palabra sería responsabilidad. “Nuestro desempeño individual es la llave que abre puertas y la cierra también”, sostiene.
Rosita Bustamante Toro no solo pertenece a una familia de buzos. Es también parte de una generación de mujeres que están ampliando el mapa del buceo profesional chileno. Lo hace con la fuerza de quien nació junto al mar, con la disciplina de quien sabe que el oficio no admite atajos.
