“Hemos visto misiles y drones pasar por encima de nuestras cabezas”, comenta Víctor López en pleno conflicto en el Golfo

La carrera de un buzo comercial transcurre por caminos imprevisibles, que marcan inevitablemente la trayectoria de quienes deciden abrazar el fondo marino como su espacio de trabajo. Quien se dedica a esta profesión aprende pronto que la itinerancia, los horarios exigentes y la falta de confortabilidad son los más fieles compañeros de trabajo.

Pero más allá de las rutinas propias del oficio, hay momentos en que incluso para estos profesionales acostumbrados a convivir con la incertidumbre, el contexto supera cualquier previsión. Y eso es lo que ocurre ahora en el Golfo Pérsico.

La guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero ha desbordado las fronteras del enfrentamiento directo y ha golpeado de lleno a la infraestructura energética regional. Destacados medios de comunicación a nivel mundial, han informado durante el mes de marzo de que los ataques y represalias han dañado instalaciones energéticas y llevado casi al colapso el tráfico por el estrecho de Ormuz. Este enclave en al vía por donde transita alrededor del 20% de los flujos mundiales de petróleo y gas natural licuado. Ese mismo despacho señalaba que las exportaciones diarias de crudo de la región habían caído al menos un 60% respecto a los niveles previos a la guerra.

Los buzos en la Guerra de Irán

Cuando se habla de refinerías, terminales, fondeaderos o puertos estratégicos, rara vez se piensa en los equipos subacuáticos. Sin embargo, bajo esas instalaciones trabajan cada día decenas de buzos, supervisores, ROV pilots, técnicos de tendido, soldadores submarinos y tripulaciones de apoyo. Son ellos quienes inspeccionan estructuras, preparan fondos, instalan colchones de protección, asisten en tendidos de cable y tubería o garantizan la integridad de activos clave para la industria offshore. Los ROVs y los buzos no se sustituyen, se complementan; al final todo depende del tipo de operación y de la seguridad. Y cuando la guerra convierte las estaciones petroleras, puertos o rutas energéticas en objetivos potenciales, esos trabajadores quedan de pronto en primera línea de un conflicto que no es el suyo.

Uno de ellos es el onubense Víctor López, buzo comercial español desplazado en Emiratos Árabes Unidos. Según relata, la situación comenzó para su equipo el mismo 28 de febrero. “Nos cogió fuera del campo petrolífero porque había mal tiempo, y de repente empecé a recibir mensajes de mi mujer y de mis padres preguntando si estábamos bien, que habían oído que estaban bombardeando Emiratos”, recuerda. A partir de ahí, la tensión se instaló a bordo.

Víctor se encuentra embarcado en el DSV El Astro Achernar, donde, explica, apenas llevaban unos días trabajando en la primera fase de un proyecto consistente en instalar 850 mattresses en el fondo marino para un posterior tendido de cable y tubería. “Era el inicio del proyecto, una operación bastante habitual, preparar el fondo para luego tender infraestructuras”, señala. Es decir, un trabajo técnico esencial pero poco visible, esencial para el desarrollo de la actividad offshore.

Lo extraordinario en esta ocasión no sería el proyecto sino el contexto en el que iba a desarrollarse. Desde el primer momento, cuenta, el barco se desplazó a un fondeadero alejado de tierra para evitar zonas que pudieran convertirse en blancos iraníes. “La empresa ha hecho todo lo posible para que estuviéramos relativamente seguros. Incluso evacuaron oficinas en Dubái después de que cayeran drones en la terminal de Jebel Ali, justo frente a nuestra base”, explica. Según su testimonio, cientos de trabajadores fueron reubicados en hoteles en cuestión de horas.

El problema no es solo el riesgo físico de un ataque, sino también lo es la parálisis progresiva de la actividad. “Ahora mismo trabajar no se contempla”, afirma con claridad. “Todas las petroleras han parado producción y estamos en una zona que ya se considera warzone. Vemos misiles y drones pasar por encima a diario”. La incertidumbre es máxima y no hay fecha clara de reanudación y la sensación a bordo es que la situación no desescala, sino que empeora.

A esa inseguridad se suma un factor especialmente delicado para cualquier unidad marítima, como es la interferencia electrónica. “Los GPS no funcionan, y eso hace casi imposible la navegación y la localización”, explica. En un entorno offshore, donde cada operación depende de la precisión milimétrica, esta circunstancia añade un nivel más de complejidad y riesgo.

A bordo conviven nacionalidades muy distintas, como ucranianos, indonesios, filipinos, indios, sudafricanos, británicos, georgianos, croatas y él como único español, una mezcla habitual en la industria offshore global. En medio de esa diversidad, la vida diaria se reduce a esperar noticias, entrenar en el gimnasio, ver series, leer y hablar con la familia. “Aunque es una situación crítica y preocupante, el no ver los misiles cayendo hace que el ambiente esté calmado. Hay nerviosismo, claro, pero intentamos sobrellevarlo lo mejor posible”, resume.

La historia de Víctor López recuerda que los conflictos armados no solo afectan a los soldados y grandes mandatarios, sino que también alcanza a esos trabajadores especializados que sostienen la producción de energía global. Buzos comerciales, personal de DSV, técnicos de intervención submarina. Profesionales que han hecho de la movilidad y del riesgo calculado una forma de vida, pero que hoy, en el Golfo Pérsico, esperan poder volver a casa mientras sobre sus cabezas pasan drones y misiles.

 

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