“Como buzo profesional he rechazado trabajos por falta de seguridad”
Más de dos décadas como buzo offshore
El camino hacia el buceo comercial no siempre comienza con una vocación temprana, sino con experiencias que terminan marcando una trayectoria profesional. En el caso de Víctor López Delgado (Huelva, 1983), la relación con el mar empezó mucho antes de que existiera una decisión consciente. Era, sencillamente, su entorno natural. Horas interminables en el agua, veranos que parecían no terminar nunca y una atracción casi instintiva por todo lo que tuviera que ver con el mundo submarino.

A esa conexión temprana se sumaba otra más silenciosa, pero igual de importante. Las tardes frente al televisor o rebuscando entre cintas VHS en casa de su abuelo, donde los documentales marinos ocupaban un lugar privilegiado. “Jacques Cousteau era el rey de los mares y yo, como muchos otros niños, soñaba con vivir algo parecido”, recuerda.
Tras terminar el instituto, acabó cursando un grado superior de acuicultura en San Fernando (Cádiz). Una elección que, con el tiempo, entendió que no encajaba con lo que realmente buscaba. “Antes de terminar ya sabía que no era lo mío”, explica. Fue entonces cuando apareció la figura que cambiaría definitivamente el rumbo de su vida.
Una conversación que lo cambia todo
En el mundo del buceo, como en tantos otros oficios, las oportunidades suelen tener nombre propio. En su caso fue el de su tío José Antonio, conocido como ‘el Guerra’, uno de aquellos buzos que forman parte de la historia reciente del sector en España. Pionero en el buceo de saturación, de los que viajaron fuera para formarse cuando aquí apenas existían referencias, y de los que ayudaron a abrir camino a toda una generación.
Víctor lo tenía cerca y decidió acudir a él para que le ilustrase con su experiencia. “Quería que me contara cómo era realmente este mundo”. La conversación fue directa, sin filtros ni idealizaciones. Le habló de lo bueno, pero también de lo duro, de los sacrificios y de todo lo que implica una vida en el offshore. Cuando terminó, le preguntó si estaba seguro. “Le dije que sí sin dudar”, recuerda. Aquella respuesta marcó el inicio de todo.
Ese mismo verano, en 2006, se trasladó a Benalmádena para realizar el curso de pequeña profundidad y, poco después, consiguió una plaza para el grado medio de buzo de media profundidad. Un año intenso, exigente en lo personal y en lo económico, donde tuvo que compaginar los estudios con trabajos de todo tipo para mantenerse. “Trabajaba de camarero, en bares o en caterings; lo que saliera”, explica. No era solo formación sino una prueba de compromiso consigo mismo.
Terminó el curso en junio de 2007. Apenas un mes después, el 30 de julio, estaba subido a un avión rumbo a Egipto para incorporarse a su primer trabajo offshore. “Nunca lo olvidaré. Fue el comienzo de todo”.
Aprender en el agua
El salto de la formación al trabajo real fue, como para muchos, un choque con la realidad. Víctor no lo oculta. “Cuando yo hice los cursos había mucho contenido teórico y muy pocas prácticas”, explica. La falta de contacto con el equipamiento profesional se hizo evidente desde el primer día.
Recuerda con nitidez una escena que resume esa transición. Le tocó asistir a un buzo en cubierta y enfrentarse por primera vez a un casco profesional. “No había visto uno nunca. No tenía ni idea de cómo funcionaba. Me quedé completamente bloqueado”, admite. Fue el equipo el que le ayudó a salir adelante, enseñándole paso a paso lo que no había aprendido durante la formación.
Aquella experiencia le dejó claro que en este oficio la teoría es solo el principio. Lo importante viene después, en el trabajo real, en el día a día con equipos que funcionan como una unidad.
Esa necesidad de mejorar le llevó, tras año y medio trabajando offshore, a dar otro paso importante. Viajó a Escocia para realizar el Top Up en Fort William, donde encontró una formación mucho más alineada con la realidad del sector. A partir de ahí, la formación dejó de ser una etapa y pasó a convertirse en una constante.
Cursos de supervivencia como BOSIET o FOET, certificaciones médicas, First Aid, DMT, H2S, formación interna en empresas y, más recientemente, el camino hacia supervisor IMCA. “No ha habido descanso; siempre hay algo que aprender”, afirma con convicción.
Hablar de la trayectoria de Víctor es hablar de movimiento constante. Egipto fue solo el inicio de un recorrido que lo ha llevado por buena parte del mundo. África, Asia, el mar del Norte y Oriente Medio forman parte de su mapa profesional, que se completa con singladuras en Angola, Nigeria, Congo, Filipinas, Taiwán, Alemania, Inglaterra o Arabia Saudí, entre muchos otros.
En cada destino, nuevos proyectos y nuevos retos. Construcción de estructuras, mantenimiento, inspecciones, tendido de tuberías, demoliciones o asistencia a saturación. “He hecho de todo”, resume. Y dentro de esa variedad, reconoce cierta debilidad por los trabajos más exigentes. “Las demoliciones eran de mis favoritas; tenían algo especial que hacían sacar lo mejor de ti”.
Uno de los proyectos que recuerda con más intensidad fue la recuperación de un aerogenerador en una windfarm en el mar del Norte. Profundidades cercanas a los 40 metros, visibilidad muy limitada y temperaturas extremas. “El agua estaba helada, pero trabajábamos con trajes de agua caliente”, explica. El trabajo combinaba operaciones de corte, manipulación con grúas y una búsqueda minuciosa de los restos, ya que el generador había quedado completamente fragmentado en el fondo.
Experiencias como esa forman parte de un aprendizaje continuo que no se adquiere en ninguna escuela. “Cada proyecto te enseña algo; sobre todo en construcción, donde siempre hay variables que no controlas y debes resolver”.
En la actualidad, trabaja en proyectos de instalación de mattresses y sleepers, en profundidades de entre 12 y 25 metros, con equipos que le ofrecen máxima seguridad durante cada inmersión. Pero más allá de los detalles técnicos, su enfoque está en el siguiente paso dentro de la profesión.

La seguridad por encima de todo
Si hay algo que define la trayectoria de Víctor es su postura respecto a la seguridad. No es una idea abstracta ni un discurso aprendido, sino una convicción que ha guiado todas sus decisiones desde el primer día.
“La seguridad siempre ha sido una línea roja que jamás he cruzado”, afirma. Y no es una declaración simbólica. A lo largo de su carrera ha abandonado proyectos, ha discutido con compañeros y ha asumido consecuencias profesionales por mantenerse fiel a ese principio.
Recuerda especialmente algunos trabajos en España en sus inicios, donde las condiciones no eran las adecuadas. “En cuanto empezaban a sacar botellas y reguladores o a plantear maniobras de cowboys, dejaba clara mi postura”. En la mayoría de los casos, eso significaba abandonar la obra.
Por eso, opina sin tapujos. “El scuba es para ver peces; no para trabajar profesionalmente”. Esa misma convicción le llevó a dejar un proyecto en Islandia tras negarse a realizar inmersiones en esas condiciones, incluso cuando el resto del equipo presionaba para continuar.
Esa actitud le generó una reputación complicada en ciertos entornos. “Sé que me creó una mala fama”, reconoce. Pero nunca ha dudado de su decisión. “Prefiero eso a poner mi vida en riesgo”.
El resultado es una trayectoria sin accidentes graves. “Nunca he tenido nada más allá de un corte sin importancia. Sigo entero, igual que el primer día”. Para él, esa es la única medida válida del éxito en esta profesión.
Una visión crítica del sector
Con casi dos décadas de experiencia internacional, su visión del sector ofrece pocas concesiones. Considera que el buzo comercial sigue siendo un profesional poco valorado, tanto en España como en muchos otros mercados. “No se le da la importancia que tiene este trabajo”, afirma.
Y lo lleva también al terreno económico. En un sector marcado por la competencia global, donde conviven profesionales de múltiples países, cada uno debe establecer sus propios límites. “Tienes que poner en una balanza todo; el riesgo, la inversión en formación, el tiempo lejos de casa y tu experiencia. De ahí sale un número que es la base del respeto profesional. “Si aceptas menos, estás infravalorando tu profesionalidad”.
También apunta a carencias estructurales. La ausencia de organismos que representen realmente a los trabajadores, la falta de apoyo psicológico en una profesión exigente y la necesidad de mayor regulación en algunos aspectos. “No todo el mundo lleva bien esta vida y al final, pasa factura”. Aun así, reconoce avances importantes en materia de seguridad. “Hoy hay más conciencia de los riesgos desde todas las partes que intervienen en una operación. Aunque a veces eso dificulte el trabajo, también lo hace más seguro”.

Del agua a la sala de control
A sus 43 años, Víctor no piensa en dejar el sector, pero sí en evolucionar dentro de él. Su objetivo es dar el salto definitivo a supervisor en los próximos años y estar al frente del equipo.
“La vida de otras personas estará en tus manos, por eso quiero hacerlo bien, paso a paso”, explica. Actualmente se encuentra acumulando horas de panel y experiencia para presentarse al examen de supervisor IMCA, rodeándose de profesionales de los que seguir aprendiendo.
Pero su horizonte va más allá. Una vez se haya consolidado como supervisor y ganado experiencia, pretende asumir roles de mayor responsabilidad como los de superintendent u Offshore Construction Manager (OCM). Un camino que le permitirá seguir vinculado al sector sin la exigencia física del buceo.
La idea final es sencilla. Trabajar hasta los 60 años en buenas condiciones y retirarse con la tranquilidad de haber hecho las cosas bien. “Ojalá pueda llegar a ese momento estando en forma y disfrutar de lo que venga después”.
Una forma de vida
Cuando se le pregunta si volvería a trabajar en España, su respuesta es contundente. “No cambiaría el offshore por bucear en España. Ni por seguridad, ni por medios, ni por dinero”. Después de veinte años fuera, su vida está construida en torno a esa realidad.
Y ese pensamiento se mantiene a pesar del último episodio que le ha tocado vivir como profesional. Semanas antes de preparar este perfil, SubaQuatica Magazine contactó con él tras saber que se encontraba en Emiratos Árabes viendo sobrevolar los misiles del conflicto de Medio Oriente por encima de la zona donde acababa de comenzar una operación de buceo. “Fue una situación crítica y preocupante, pero la compañía paró el proyecto y nos embarcó en el DSV El Astro Achernar, que era un sitio seguro. Incluso evacuaron oficinas en Dubái después de que cayeran drones en la terminal de Jebel Ali, justo frente a nuestra base”, recuerda.
Aun así, no pierde de vista lo esencial. Más allá de los proyectos, los países o la progresión profesional, hay una idea que resume toda su trayectoria. Una forma de entender el oficio que no admite matices.
“En el buceo comercial tienes que tomar decisiones difíciles. Y yo estoy orgulloso de dónde he llegado y de cómo lo he hecho”. En esa frase, sin necesidad de añadir nada más, se condensa toda una vida bajo el agua.
