Cómo el buceo comercial se convierte en herramienta de reinserción social
Una segunda oportunidad gracias al buceo comercial
Dentro del sistema penitenciario de California, lejos de los focos y de los debates habituales sobre reinserción, funciona desde hace décadas uno de los programas de formación profesional más singulares del mundo. En el California Institution for Men (CIM), en Chino, un grupo reducido de internos se forma como buzos comerciales bajo estándares reconocidos por la industria internacional. No se trata de un curso ocupacional al uso, ni de una actividad experimental. Es una escuela de alta exigencia técnica con salida real al mercado laboral.

El programa forma parte de CALCTRA, la actual California Correctional Training and Rehabilitation Authority, heredera de la histórica California Prison Industry Authority (CALPIA). La organización mantiene un amplio catálogo de oficios destinados a proporcionar cualificación profesional a personas privadas de libertad, con un objetivo muy concreto: reducir la reincidencia y facilitar una reintegración efectiva en la sociedad. Según sus propios datos, CALCTRA ofrece formación profesional a cerca de 5.800 internos en California.
Dentro de esa estructura, el Marine Technology Training Center (MTTC) ocupa un lugar especial. Su historia se remonta a principios de los años setenta, cuando Leonard Greenstone, veterano buzo de la Marina estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, impulsó la idea de introducir formación técnica especializada en prisiones estatales. Greenstone había sido formado en la Navy School of Salvage de Nueva York y trasladó esa metodología al entorno penitenciario, convencido de que el buceo comercial podía ofrecer algo más que un empleo. Aquella intuición terminó consolidándose como un modelo propio.

“La misión central del programa es combatir la reincidencia reintroduciendo a los internos en la sociedad con una habilidad profesional real y comercializable”, explica Kenyatta Kalisana, actual instructor principal del centro con el que SubaQuatica Magazine ha contactado para este reportaje.
Los datos respaldan esa afirmación. La tasa de reincidencia de los graduados se sitúa entre el 6 y el 7 por ciento, una cifra muy inferior a la media general del sistema penitenciario estadounidense. El propio Kalisana considera que la clave está en la combinación entre formación técnica, responsabilidad individual y cultura de equipo.
El MTTC, conocido entre los alumnos como The Island, funciona bajo una estructura interna muy definida. Los estudiantes se organizan por promociones y niveles jerárquicos. Conviven, entrenan y estudian juntos. El modelo reproduce dinámicas operativas propias de entornos militares y de trabajos offshore, donde la coordinación y la disciplina son esenciales.
No es casual. En buceo comercial, la seguridad depende muchas veces de la confianza absoluta entre compañeros y de la capacidad para ejecutar procedimientos bajo presión.
“Cada clase está compuesta por unidades muy cohesionadas que entrenan, estudian y viven juntas”, señala Kalisana. “Ese sistema genera disciplina, responsabilidad y una comprensión real de cómo funciona un equipo de buceo profesional”.
El programa tiene una duración aproximada de dieciocho meses y supera ampliamente la carga formativa habitual de muchas escuelas privadas.
La formación combina teoría y práctica de forma intensiva. Los alumnos reciben instrucción en física del buceo, fisiología, tablas de descompresión, navegación, lectura de planos y operaciones hiperbáricas. A eso se suman módulos prácticos de corte exotérmico submarino, soldadura, rigging, construcción marina básica, primeros auxilios y operaciones con suministro desde superficie.
Todo ello bajo estándares de la Association of Diving Contractors International, organismo de referencia mundial en seguridad y procedimientos para buceo comercial.
“Las leyes básicas que gobiernan el buceo comercial son universales, pero debido al nivel de riesgo de esta profesión es fundamental trabajar bajo estándares internacionales y con evaluación continua”, explica Kalisana.
La relación con ADCI no es meramente formal. Los graduados obtienen la certificación Tender/Diver, lo que les permite incorporarse al mercado laboral inmediatamente tras su liberación, siempre que cumplan los requisitos administrativos y legales correspondientes.

El apoyo de ADCI al programa ha sido constante durante años. Kalisana destaca especialmente la implicación de Phil Newsum, director ejecutivo de la organización, que acude regularmente a las graduaciones y facilita visibilidad al programa en eventos como Underwater Intervention.
Si algo llama la atención al observar el MTTC es su infraestructura. Lejos de la imagen de una instalación improvisada, el centro dispone de medios comparables a los de muchos centros civiles especializados. Cuenta con dos cámaras hiperbáricas operativas, dos tanques de entrenamiento de más de 50.000 litros capaces de reproducir distintas condiciones de trabajo, además de otro tanque de 60.000 litros dedicado específicamente a prácticas de corte y soldadura submarina. También dispone de talleres de soldadura topside, laboratorio técnico y área de mantenimiento de cascos y equipos.
Parte de ese nivel técnico se sostiene gracias a colaboraciones industriales. Una de las más relevantes es la de Broco Inc., fabricante líder en herramientas y consumibles para corte exotérmico.
“Broco no solo nos suministra varillas y material. También participa con nosotros en pruebas y procesos de validación técnica”, explica Kalisana.
Los requisitos para entrar en el programa son muy exigentes, al igual que los de la industria del buceo comercial
No apto para todos
Como se ha indicado anteriormente, este programa no forma parte de ninguna actividad recreacional ni tiene como objetivo entretener a los internos. Acceder al programa no es sencillo.
Los aspirantes deben contar con diploma de secundaria, buena condición física y un historial disciplinario limpio durante al menos seis meses en la institución penitenciaria. A partir de ahí comienza un proceso de selección donde se evalúa tanto el rendimiento físico como la estabilidad emocional.
Los primeros días son especialmente duros, tanto que dentro del centro se conocen como Hell Week.
“Durante esos primeros días hacemos una evaluación muy rápida de la fortaleza mental del alumno. No basta con ser fuerte físicamente. Hace falta capacidad de concentración, control emocional y pensamiento racional”, afirma Kalisana.
El nivel de exigencia queda reflejado en un dato contundente: aproximadamente el 75 por ciento de los aspirantes abandona antes de completar la formación.
Entre las pruebas más exigentes figuran nataciones de larga distancia, ejercicios de confianza bajo el agua y maniobras técnicas ejecutadas con visibilidad nula. Los alumnos deben completar una travesía de cinco millas en menos de tres horas y dominar hasta diez nudos con los ojos vendados.
La dureza no responde a un modelo punitivo, sino operativo. Kalisana lo resume con claridad. “Lo que intentamos es acercarlos lo máximo posible a las condiciones reales que van a encontrar fuera. La industria no da margen para improvisar”.

Casos de éxito
La propia trayectoria del instructor explica en gran parte su visión. Kenyatta Kalisana conoce el programa desde dentro. Fue alumno, se graduó en 2008 y, tras salir en libertad, desarrolló carrera profesional como buzo freelance en el Golfo de México y California. Su experiencia incluye soldadura submarina, apoyo a expediciones científicas, inspecciones de puentes, construcción marina interior, operaciones offshore y trabajos con ROV. Años después regresó al MTTC como instructor principal.
Ese recorrido aporta una legitimidad poco común. “Poder volver aquí y utilizar mi experiencia para ayudar a otros tiene un valor especial, porque yo estuve sentado en esas mismas sillas”, dice.

Junto a él trabaja David Calvert, instructor asistente y figura reconocida dentro del programa. Calvert también desarrolla actividad paralela en el programa de buceo del Santa Barbara City College, lo que permite mantener una conexión constante con el ámbito académico exterior.
Esa colaboración es estratégica. “Nuestra relación con Santa Barbara City College y con ADCI nos ayuda a mantener el programa actualizado con las demandas reales de la industria, las nuevas tecnologías y los protocolos de seguridad”, explica Kalisana.
A ello se suma la reciente alianza con el sindicato de carpinteros del suroeste de Estados Unidos, una vía que amplía las posibilidades de inserción laboral en construcción marina e infraestructura civil.
Cuando la sociedad y, muchas veces, la propia familia han dejado de contar contigo, este programa de formación en buceo comercial te devuelve algo fundamental, que es la posibilidad real de construir un futuro
Más allá de las historias de Kenyatta Kalisana y David Calvert, el programa de buceo comercial de CALCTRA ha servido de punto de partida para la trayectoria profesional de numerosos buzos que hoy ocupan puestos de responsabilidad en la industria submarina estadounidense.
Uno de los ejemplos más representativos es el de David Tucker, quien encontró en la formación como buzo comercial una oportunidad para reconstruir su futuro. Tras completar el programa, continuó sus estudios universitarios y desarrolló una extensa carrera en el sector offshore, llegando a presidir Canyon Offshore y participando posteriormente en la creación de varias compañías vinculadas a la tecnología y los servicios submarinos. Para Tucker, el paso por el programa marcó un antes y un después. “El programa de buceo comercial de CALCTRA transformó completamente mi vida. Convertirme en un ‘Chino diver’ no solo lanzó mi carrera sino que cambió el rumbo de mi vida”.

También Ruben Minjarez representa el valor de esta iniciativa. Graduado en el programa de Chino, inició su carrera en American Marine Corporation como Dive Tender y, gracias a su experiencia y progresión profesional, fue ascendiendo hasta desempeñar responsabilidades como supervisor y, posteriormente, como Superintendent y Project Manager, demostrando las oportunidades de desarrollo que ofrece la industria del buceo comercial a quienes reciben una formación especializada.
Otro de los antiguos alumnos destacados es Maynard Walker, quien tras abandonar el centro penitenciario comenzó a trabajar para el Departamento de Transporte de California (Caltrans). Su evolución profesional le permitió alcanzar el puesto de supervisor de mantenimiento, al tiempo que completaba estudios universitarios en dirección de proyectos y liderazgo organizacional, consolidando una trayectoria marcada por la formación continua y el crecimiento profesional.
La lista de historias de éxito incluye igualmente a Billy Pham, graduado como buzo comercial y soldador submarino. Tras recuperar la libertad en 2006, desarrolló su carrera en el sector hasta convertirse en propietario y director de Muldoon Marine Services y, posteriormente, Phamarine Commercial Diving Services, dedicada a servicios de ship husbandry en Los Ángeles y Long Beach. Al recordar su paso por el programa, resume su experiencia con una reflexión que trasciende la formación técnica: “El programa no solo me enseñó a ser buzo, sino a ser un hombre y un miembro productivo de la sociedad”.
Estos testimonios reflejan cómo una formación altamente especializada puede convertirse en una auténtica herramienta de reinserción profesional, permitiendo que antiguos alumnos accedan a una industria caracterizada por la exigencia técnica, la responsabilidad y las oportunidades de desarrollo laboral.
Pero Kalisana evita presentar el programa como una solución total. La salida a la calle trae nuevas dificultades. Las autorizaciones de seguridad, la obtención de la tarjeta TWIC o la necesidad de encontrar vivienda inmediata son barreras reales que condicionan muchas contrataciones.
“El principal reto cuando salen no es el trabajo. Muchas veces es todo lo que rodea al trabajo”, explica. “Hay ofertas que llegan mientras aún están dentro, pero no siempre pueden asumirlas por cuestiones administrativas o de movilidad”
Ese matiz es importante, porque, aunque lo reduce, el programa no elimina automáticamente el peso del pasado. Aporta una certificación reconocida, experiencia técnica, cultura de seguridad y, sobre todo, una identidad profesional.
Kalisana cree que ese es el verdadero cambio. “Cuando la sociedad y muchas veces la propia familia han dejado de contar contigo, este programa te devuelve algo fundamental, que es la posibilidad real de construir un futuro”.

La experiencia acumulada ha despertado interés en replicar el modelo en otras instituciones penitenciarias, aunque por ahora no existe un plan formal de expansión.
“Me han preguntado varias veces si este modelo podría reproducirse en otros centros. Personalmente creo que sí. Los resultados hablan por sí solos”
Más de cincuenta años después de su creación, el programa del MTTC sigue ocupando un lugar singular dentro del buceo comercial. No solo por su contexto, sino por su capacidad para conectar una industria exigente con una necesidad social evidente.
No corrige por sí solo las fracturas personales, judiciales o sociales que arrastran muchos de sus alumnos. Tampoco garantiza empleo.
Pero sí ofrece algo poco habitual dentro del sistema penitenciario contemporáneo: una profesión reconocida, una vía de acceso real al mercado laboral y una segunda oportunidad sustentada sobre trabajo, disciplina y especialización técnica.
En una industria donde la confianza se gana bajo el agua, ese puede ser el primer paso para empezar de nuevo.
