“Un equipo de buceo funciona como una unidad donde tu vida depende de tu compañero”

Álvaro Cuadros (La Línea de la Concepción, Cádiz, 1975 ) creció en una tierra donde el mar no es solo parte del paisaje, sino también de las historias y referentes que despiertan vocaciones entre la chiquillería local. Y en una mezcla de romanticismo juvenil, unida a la admiración por los veteranos y a una forma de vida, se zambulló hace más de treinta años en las aguas para convertir el fondo marino en su espacio natural de vida.

“Soy de la provincia de Cádiz y mi cercanía al mar condicionó mi interés por el buceo. Pero lo cierto es que hice el servicio militar en la Infantería de Marina y fue una de las cosas que me faltó por hacer ahí y que me llamaba mucho la atención: era el curso de buceo”, rememora Álvaro.

“Pero una de las cosas que más me empujó a dedicarme profesionalmente a bucear fue la trayectoria del padre de una buena amiga mía. Él era uno de los buceadores que en mis años de juventud logró hacer algunas de las inmersiones más profundas en España. Todo aquello me motivó mucho a conocer todo este mundo”.

Aquel buceador y aventurero fue Enrique Alba, de quien Álvaro se acuerda bien y a quien sigue admirando como uno de los faros que alumbraron los inicios de la exitosa trayectoria profesional que hoy atesora. “Fue un referente para mí y en este oficio no debemos olvidar a todas aquellas personas que nos abrieron el camino, poniendo en riesgo sus vidas para conocer más sobre el buceo”.

Cuadros durante el servicio militar en Infantería de Marina

Hacia 1994 hizo el curso de buceo y pronto comenzó a dar sus primeros pasos en la industria. Álvaro tenía apenas 18 años y el sector se movía con una crudeza que hoy cuesta imaginar.

“Era joven cuando empecé y el trabajo en aquel entonces era muy duro y en condiciones muy diferentes a las que, afortunadamente, tenemos ahora. Los equipos, los conocimientos, la planificación no eran tan sofisticados como ahora”, recuerda.

La primera inmersión de nuestro protagonista fue una lección práctica de humildad. Describe una escena que bien merece ser relatada. “Me estrené haciendo una limpieza de casco. Yo veía a aquel buzo llevando la máquina con gran facilidad y me iba convenciendo a mí mismo de la sencillez de la tarea”.

La realidad fue otra. “Cuando me dio la máquina para limpiar el casco del barco, me iba al fondo. No era capaz de manejarme con la máquina”, recuerda entre risas.

La destreza, las ganas y un concienzudo sentido para observar la maniobra acabaron revelando el truco para manejar el dispositivo. “Cuando me di cuenta de cómo había que manejar la máquina, todo fue de maravilla y en aquella misma mañana saqué el trabajo adelante con soltura”.

Y entonces llegó ese comentario que se queda marcado para siempre en el recuerdo de un principiante. “Cuando salí del agua, el buzo que me estuvo enseñando me dijo: ‘eres el único que he visto que en su primera inmersión aprendió a manejar la máquina tan pronto’”, recuerda Álvaro. Aquello fue una mezcla de técnica, temple y ganas de abrirse camino.

Y en aquellos primeros años, la formación fue un pilar fundamental para su futura carrera. La escuela de buceo de Tato Noaín en Benalmádena fue su primer espacio de formación, donde recibió una preparación integral que le sirvió para desenvolverse en la profesión.

“Estuve seis meses formándome gracias a la Junta de Andalucía en un curso que fue bastante completo, donde nos enseñaron no solo a bucear, sino otras muchas cosas relacionadas con el mundo subacuático y marino. Incluso nos enseñaron radiotelefonía naval. Fue un curso bastante completo”, recuerda.

Tras aquellos meses de formación, volvió a incorporarse al mercado y entró de lleno en obras donde el trabajo era físico, repetitivo y pesado.

La forma de relatar aquella rutina de entonces es reveladora, porque muestra un sector donde la carga de trabajo no solo se dejaba en el agua. “Llegabas a la obra, sacabas a tu compañero del agua, repostabas el compresor, ponías tu regulador, te tirabas al agua y te ponías a trabajar”, explica, comparando un sistema de trabajo que dista mucho de los protocolos de seguridad y planificación actuales.

Luego vinieron para Álvaro las obras portuarias, los cambios de zona, los viajes y el “buzo maletero”, como él mismo lo llama. “Empecé a trabajar ya por muchos lugares de la geografía nacional como el norte, las costas de Levante y, por supuesto, en el sur”. La experiencia acumulada le hizo conocer el oficio no solo desde el agua, sino desde la logística y la responsabilidad que más adelante depositarían en él.

Un accidente y la vuelta al agua

Pero entre tanto, un episodio marcó sobremanera su proyección e hizo peligrar su desarrollo profesional. Álvaro lo cuenta sin dramatismos, como quien ya ha digerido aquel fatídico momento. “Estábamos trabajando con una bivalva de dragado de 8 toneladas, lo que llamamos coloquialmente en la profesión una ‘cuchara’. Me cayó abierta, se me quedó el cuerpo dentro y la pierna fuera”, relata.

El resto del relato es una secuencia que hiela el cuerpo. “Me arrastró, me levantó y me terminó tirando desde la altura. En definitiva, me reventó literalmente la pierna”, describe.

Los procedimientos de emergencia fueron casi improvisados, con un torniquete y la intervención de la Cruz Roja, que dudó incluso del traslado. “Me diagnosticaron una fractura abierta de pierna y me dijeron que me olvidase de volver a bucear”, recuerda. Pero Álvaro no dio marcha atrás. Su pasión y su capacidad de sobreponerse le permitieron volver al agua tras una larga recuperación.

Álvaro Cuadros durante su etapa como buzo en saturación en el Golfo de México

El punto de inflexión y la proyección internacional en su carrera llegó en 2006 con el contexto del huracán Katrina y la demanda de buzos para Estados Unidos. “Logré entrar en CNS, una empresa italiana de proyección internacional que nos abrió las puertas a muchos buzos españoles. Vieron que trabajábamos bien y reclutaron a muchos para viajar al Golfo de México”.

Ese episodio fue decisivo. “Aquello cambió mi carrera, entre otras cosas porque hicimos buceo en saturación y eso fue una gran oportunidad en todos los sentidos. Trabajamos mucho y en aquella etapa se abrieron muchas puertas”, confiesa.

La saturación no es solo bucear a gran profundidad; es aprender a vivir bajo otras reglas. “Tú tienes tus seis u ocho horas, pero no son de agua, son sobre todo de campana”, explica. “Uno sale a trabajar y el otro está de apoyo, y cuando termina el turno, la campana abandona el fondo, se conecta y ahí acaba la jornada”.

Lo más duro no siempre es la tarea. “Cuando no tienes nada que hacer, la estancia abajo se hace eterna y hay que luchar contra el factor psicológico”, resume.

Casi dos décadas en el oil & gas

Su iniciativa y su carácter emprendedor le empujaron a fundar en la década de los años noventa la empresa ControlSub, S. L., con la que comenzó a ofrecer servicios de gestión y control de recursos en la industria submarina.

Años más tarde inició su relación comercial con Repsol, convirtiéndose en una de las líneas centrales de su carrera. Desde 2008, Álvaro ha trabajado con la multinacional vinculado a labores de control, supervisión y representación del cliente, tanto en buceo como en ROV.

“Mi trabajo ha sido fundamental como representante de Repsol a bordo y he sido el encargado de dar las instrucciones de trabajo en las operaciones que llevó a cabo la compañía”, comenta. “Desde 2007, todos los trabajos de saturación que se han hecho en España los he supervisado para Repsol”.

En ese recorrido aparece la plataforma Casablanca, una infraestructura marina a unos 40 kilómetros de Tarragona y una realidad poco conocida para el gran público. “En España hay petróleo”, afirma. Y añade: “La Ley de Transición Energética nos está perjudicando porque sigue haciéndonos dependientes de un país tercero para el suministro de combustible”.

Hace poco participó en el cierre total de los pozos. “En cierta medida me da pena el cierre de la plataforma, ya que llevo ahí desde 2010 y es un lugar donde he dedicado mucho tiempo y esfuerzo dentro de mi profesión”, confiesa.

Su trabajo como CEO de ControlSub lo compagina con su vínculo profesional con Becu Oil & Gas, empresa dedicada al sector que desarrolla varios proyectos en África, Israel, Brasil y España.

Seguridad, formación y pasión

A lo largo de la conversación, Álvaro insiste en dos pilares: unión y formación. “La falta de unión entre las patronales está beneficiando a los que nos contratan”, afirma.

Y sobre los jóvenes: “Se les enseña una cosa y cuando salen al mercado laboral se chocan contra un muro”. Su consejo es claro: “A los jóvenes les diría que tengan paciencia y que trabajen con seguridad. Eso es fundamental”.

Y entre todo, hay una emoción difícil de explicar. “A mí, el silencio en el agua”, responde cuando se le pregunta qué es lo que más le gusta. “La realidad del ser humano, básicamente. Lo pequeño que somos”.
Álvaro lo resume con una idea que define toda una vida: “los buzos somos muy efusivos y románticos en lo que hacemos, porque si tú analizas el trabajo, verdaderamente es un sufrimiento continuo. Pero ahí seguimos. Somos como una raza especial”.

Y concluye con una reflexión sobre el compañerismo. “Cuando tú realizas una operación de buceo, son cinco personas como una unidad, donde cada uno depende del otro. En el momento que falla uno, puede ser fatal”.
Eso es lo que deja el buceo comercial tras décadas bajo el agua; unas cuantas cicatrices, un código, respeto y una forma única de entender la vida.

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